Las ínfulas del terror
diciembre 30, 2007
(REFLEXIONES SOBRE EL TERRORISMO)
José Bergamín
Es cosa sabida, y tal vez olvidada de puro saberse, que los profetas no son augures sibilinos de lo venidero sino críticos históricos del presente: sus más veraces testigos temporales: sus mártires. Y que su testimonio crítico es visionario, sobrenatural y palabrero (entiéndase creador, poético).
No hay profecía sin poesía que la evidencie por las palabras que la crean. Evoquemos los profetas bíblicos y los trágicos griegos. Unos y otros nos parecen retóricos del terror: y sus apologistas y propagandistas mejores, Isaías como Esquilo, apocalípticos reveladores de la verdad: de una verdad tan inhumana que decimos demoníaca o divina. Y que por serlo, nos aterroriza pánicamente, totalmente. Por eso el pensador, el filósofo, como hizo Aristóteles, trata de racionalizar la irracionalidad aterrorizadora de la tragedia dándole su famoso sentido catártico o purificador; su sacra-lización significativa: y la acompaña de la compasión, de la piedad purificadora. El judaismo no lo comprendió así antes de Cristo; del Cristo histórico al que sólo aceptó como profeta-, como todos los que no creen en él. (Aquí podríamos recordar el «ateísmo práctico de los católicos españoles» según lo definía Menéndez y Pelayo; y ahora, la proyección cesaropapista de un profético vaticano medieval cracovia-no). También el cristianismo nos ha dado por el Apocalipsis o revelación profética de San Juan, una visión trágica impía, sin piedad, reveladora del más espantable terror. Su Apocalipsis milenario nos parece por esto, tal vez, su más extraordinaria apología. Pero ¿de qué terror? Pensamos que no del que ahora se llama terrorismo: el que acaso no es más que una máscara o careta carnavalesca, utilizada por los poderes estatales policíacos para esquivar, equivocar, escamotear otros terrores. Empezando por provocarlos. Y no como exorcismo.
El gran pensador, gran escritor francés, Georges Sorel, reflexionó mucho sobre la violencia. Y no solamente en su libro de este título Reflexiones sobre la violencia (que no es el mejor suyo) sino en otros suyos mejores. Y sus reflexiones coinciden en un tiempo con las de sus dos grandes amigos contemporáneos, el filósofo Bergson y el poeta Peguy. Sus reflexiones (metafísicas, políticas y a veces proféticas) pudieron calificarse entonces de románticas por su, entre otras cosas, identificación de la violencia con la vida; como en Bergson y Peguy. Al modo del verso estupendo de Rubén Darío parece decirnos; «¿Quién no es romántico? ¿Quién no es violento?». (Confesaré que yo he creído en las dos cosas toda mi vida gracias a Dios). Pero el gran pensador francés dialectizó su mito en la oposición contradictoria de la violencia con la fuerza: sin identificarla en una unidad superior (al modo hegeliano-marxista) que en este caso hubiera sido el terror. La uniformidad multiforme de un terror absoluto, mítico a su vez. Como el terror satánico en el verso de Víctor Hugo «La multiplicidad del mal unida por la sombra». O la cruel «monarquía de las tinieblas» según el luminoso verso gongorino.
El gran pensador, gran escritor francés, Georges Sorel, reflexionó mucho sobre la violencia. Y no solamente en su libro de este título Reflexiones sobre la violencia (que no es el mejor suyo) sino en otros suyos mejores. Y sus reflexiones coinciden en un tiempo con las de sus dos grandes amigos contemporáneos, el filósofo Bergson y el poeta Peguy. Sus reflexiones (metafísicas, políticas y a veces proféticas) pudieron calificarse entonces de románticas por su, entre otras cosas, identificación de la violencia con la vida; como en Bergson y Peguy. Al modo del verso estupendo de Rubén Darío parece decirnos; «¿Quién no es romántico? ¿Quién no es violento?». (Confesaré que yo he creído en las dos cosas toda mi vida gracias a Dios). Pero el gran pensador francés dialectizó su mito en la oposición contradictoria de la violencia con la fuerza: sin identificarla en una unidad superior (al modo hegeliano-marxista) que en este caso hubiera sido el terror. La uniformidad multiforme de un terror absoluto, mítico a su vez. Como el terror satánico en el verso de Víctor Hugo «La multiplicidad del mal unida por la sombra». O la cruel «monarquía de las tinieblas» según el luminoso verso gongorino.
Una cosa es el terror y otra el terrorismo. Como otra cosa es la violencia. Puede haber terror sin violencia o violencia sin terror. Y terror sin terrorismo; y también éste sin aquél. Cabría definir el terrorismo de Estado, los terrorismos de Estado que hoy padecemos, como inflación violenta de terrores expresamente promovidos y utilizados para serlo; podría decirse que prefabricados para eso, con ese propósito estatal y estabilizador, para instituirlo, diríamos, por una paradójica legalidad delictiva. En suma, para racionalizarlo deshumanizándolo como razón de Estado.

Entre terror y terrorismo nos parece que hay una profunda diferencia, una diferencia de raíz: una diferencia de naturaleza y no de grado. Una diferencia abismal. El terrorismo no es una degeneración política o policíaca. Lo que hoy se llama así nace del Estado y se hace razón de Estado. El terror nace naturalmente como sobrenaturalmente, de la irracionalidad de la vida que se verifica por la muerte. El terror es mítico, pánico, milenario, sobrenatural. Por eso decimos que entre terror y terrorismo no hay más que un abismo de diferencia. Hemos pensado y reflexionado muchas veces sobre las dos fuentes del terror (como Bergson diría), según venga de abajo o de arriba: infernal o celeste, plutónico o jupiterino, demoníaco o divino... Porque eso de que venga de donde venga sea lo mismo no es verdad; es la mentirosa máscara de los terroristas por razón de Estado.
Lo que ahora nos espanta, horroriza y aterra en España, como en la terrorífica farsa trágico-grotesca de Gionesco, es ver crecer un cadáver viviente que lo ocupa todo con su presencia fantasmal de muerto en pie-, y en pie de guerra inacabable como la de su cruzada exterminadora. Nos aterroriza ver crecer el cadáver del franquismo cada vez más. Un cadáver
que acaba de cumplir cinco años, prolongando indefinidamente, al parecer, aquella su aterrorizante agonía. Prolongándola en la democratiquísima gusanera que lo monarquiza para sustentarlo y sustentarse de su pudridero real. Tanto que aún suena en nuestros oídos lo que entonces decíamos: que aquí el que manda es un muerto- devorado por gusanos- que le obedecen comiéndoselo.
Jose Bergamín - Punto y Hora 22.1.1981
No hay profecía sin poesía que la evidencie por las palabras que la crean. Evoquemos los profetas bíblicos y los trágicos griegos. Unos y otros nos parecen retóricos del terror: y sus apologistas y propagandistas mejores, Isaías como Esquilo, apocalípticos reveladores de la verdad: de una verdad tan inhumana que decimos demoníaca o divina. Y que por serlo, nos aterroriza pánicamente, totalmente. Por eso el pensador, el filósofo, como hizo Aristóteles, trata de racionalizar la irracionalidad aterrorizadora de la tragedia dándole su famoso sentido catártico o purificador; su sacra-lización significativa: y la acompaña de la compasión, de la piedad purificadora. El judaismo no lo comprendió así antes de Cristo; del Cristo histórico al que sólo aceptó como profeta-, como todos los que no creen en él. (Aquí podríamos recordar el «ateísmo práctico de los católicos españoles» según lo definía Menéndez y Pelayo; y ahora, la proyección cesaropapista de un profético vaticano medieval cracovia-no). También el cristianismo nos ha dado por el Apocalipsis o revelación profética de San Juan, una visión trágica impía, sin piedad, reveladora del más espantable terror. Su Apocalipsis milenario nos parece por esto, tal vez, su más extraordinaria apología. Pero ¿de qué terror? Pensamos que no del que ahora se llama terrorismo: el que acaso no es más que una máscara o careta carnavalesca, utilizada por los poderes estatales policíacos para esquivar, equivocar, escamotear otros terrores. Empezando por provocarlos. Y no como exorcismo.
El gran pensador, gran escritor francés, Georges Sorel, reflexionó mucho sobre la violencia. Y no solamente en su libro de este título Reflexiones sobre la violencia (que no es el mejor suyo) sino en otros suyos mejores. Y sus reflexiones coinciden en un tiempo con las de sus dos grandes amigos contemporáneos, el filósofo Bergson y el poeta Peguy. Sus reflexiones (metafísicas, políticas y a veces proféticas) pudieron calificarse entonces de románticas por su, entre otras cosas, identificación de la violencia con la vida; como en Bergson y Peguy. Al modo del verso estupendo de Rubén Darío parece decirnos; «¿Quién no es romántico? ¿Quién no es violento?». (Confesaré que yo he creído en las dos cosas toda mi vida gracias a Dios). Pero el gran pensador francés dialectizó su mito en la oposición contradictoria de la violencia con la fuerza: sin identificarla en una unidad superior (al modo hegeliano-marxista) que en este caso hubiera sido el terror. La uniformidad multiforme de un terror absoluto, mítico a su vez. Como el terror satánico en el verso de Víctor Hugo «La multiplicidad del mal unida por la sombra». O la cruel «monarquía de las tinieblas» según el luminoso verso gongorino.
El gran pensador, gran escritor francés, Georges Sorel, reflexionó mucho sobre la violencia. Y no solamente en su libro de este título Reflexiones sobre la violencia (que no es el mejor suyo) sino en otros suyos mejores. Y sus reflexiones coinciden en un tiempo con las de sus dos grandes amigos contemporáneos, el filósofo Bergson y el poeta Peguy. Sus reflexiones (metafísicas, políticas y a veces proféticas) pudieron calificarse entonces de románticas por su, entre otras cosas, identificación de la violencia con la vida; como en Bergson y Peguy. Al modo del verso estupendo de Rubén Darío parece decirnos; «¿Quién no es romántico? ¿Quién no es violento?». (Confesaré que yo he creído en las dos cosas toda mi vida gracias a Dios). Pero el gran pensador francés dialectizó su mito en la oposición contradictoria de la violencia con la fuerza: sin identificarla en una unidad superior (al modo hegeliano-marxista) que en este caso hubiera sido el terror. La uniformidad multiforme de un terror absoluto, mítico a su vez. Como el terror satánico en el verso de Víctor Hugo «La multiplicidad del mal unida por la sombra». O la cruel «monarquía de las tinieblas» según el luminoso verso gongorino.
Una cosa es el terror y otra el terrorismo. Como otra cosa es la violencia. Puede haber terror sin violencia o violencia sin terror. Y terror sin terrorismo; y también éste sin aquél. Cabría definir el terrorismo de Estado, los terrorismos de Estado que hoy padecemos, como inflación violenta de terrores expresamente promovidos y utilizados para serlo; podría decirse que prefabricados para eso, con ese propósito estatal y estabilizador, para instituirlo, diríamos, por una paradójica legalidad delictiva. En suma, para racionalizarlo deshumanizándolo como razón de Estado.

Entre terror y terrorismo nos parece que hay una profunda diferencia, una diferencia de raíz: una diferencia de naturaleza y no de grado. Una diferencia abismal. El terrorismo no es una degeneración política o policíaca. Lo que hoy se llama así nace del Estado y se hace razón de Estado. El terror nace naturalmente como sobrenaturalmente, de la irracionalidad de la vida que se verifica por la muerte. El terror es mítico, pánico, milenario, sobrenatural. Por eso decimos que entre terror y terrorismo no hay más que un abismo de diferencia. Hemos pensado y reflexionado muchas veces sobre las dos fuentes del terror (como Bergson diría), según venga de abajo o de arriba: infernal o celeste, plutónico o jupiterino, demoníaco o divino... Porque eso de que venga de donde venga sea lo mismo no es verdad; es la mentirosa máscara de los terroristas por razón de Estado.
Lo que ahora nos espanta, horroriza y aterra en España, como en la terrorífica farsa trágico-grotesca de Gionesco, es ver crecer un cadáver viviente que lo ocupa todo con su presencia fantasmal de muerto en pie-, y en pie de guerra inacabable como la de su cruzada exterminadora. Nos aterroriza ver crecer el cadáver del franquismo cada vez más. Un cadáver
que acaba de cumplir cinco años, prolongando indefinidamente, al parecer, aquella su aterrorizante agonía. Prolongándola en la democratiquísima gusanera que lo monarquiza para sustentarlo y sustentarse de su pudridero real. Tanto que aún suena en nuestros oídos lo que entonces decíamos: que aquí el que manda es un muerto- devorado por gusanos- que le obedecen comiéndoselo.
Jose Bergamín - Punto y Hora 22.1.1981


































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